El tabú

Podría ser el inicio del verano del caluroso año de 1993. En esos tiempos la televisión era un manojo de comerciales interrumpidos por breves lapsos de contenido informativo, y  la televisión infantil  no era más que un segmento de la mañana de los sábados.  En esos días un jueves  a las tres de la tarde, la congoja del aburrimiento  era más terrible para un niño de nueve años sin amigos, como lo era yo.

El aburrimiento es el motor de grandes inventos y el propulsor de grandes tragedias., pero  cuando se es un niño aburrido es muy probable que el tedio  te conduzca más temprano que tarde al cajón.  Todas esas tragedias que inundan los tabloides de niños ahogados en albercas,   de desnucados al caerse del techo de la vivienda,  o de quemados mientras jugaban en la casa, no tienen sino un común denominador que es la  flama del aburrimiento cerca del combustible de la curiosidad infantil. Y ese verano yo tenía un galón completo de combustible  y la llamarada crepitante de horas sin distracción.

 En fin,  ese día la curiosidad, me condujo hasta el escaparate de mi mamá donde  entre cajones, entrepaños y guarda ropas se encontraba ese mundo tan complejo  y elaborado de los elementos de vanidad de una mujer en los noventas. El cajón  estaba repleto de un tesoro de preguntas para un niño de 9 años, había  labiales de tres colores distintos,  lápices de colores, que luego me enteré eran sombras y delineadores,  esmaltes para uñas, rímel, rubor, brochas de maquillaje,  secadora, espátulas, cepillos de lijar etc.  Parecía que una mujer  era una obra en construcción, una escultura que a  base de martillazos,  desbastadas  y lija se muestra al mundo como el resultado de un trabajo de un albañil.

Entre ese arsenal de herramientas de belleza,  encontré en el fondo del cajón  una  pequeña pinza  que se llama vulgarmente sacacejas. No sé si las has visto, pero un sacacejas es una pequeña tenaza de electroplata capaz de agarrar con precisión  un   solo vello capilar.    A los nueve años,  las manos torpes de un niño tienen poca coordinación y    fineza motriz, por ello un sacaceja es la prótesis perfecta para llegar aquellos lugares inalcanzables de la casa.

 Y para mí el epitome de lo inalcanzable era  el plug del toma corriente. Esos dos agujeros siempre habían sido  el lugar de donde surgía todo cuanto se movía en la casa, era el origen de la televisión, era el impulso del ventilador,  era   el tabú más grande  de la casa, donde la regla más sagrada era nunca jugar con los tomacorrientes.  Las pequeñas pinzas sacacejas en ese cajón eran  la forma más precisa de sortear esa estúpida regla que  me impedía conocer de dónde provenía la energía eléctrica.

Habiendo escarbado por completo las cosas en el cajón de mi mama,  tome el sacejas, le  puse seguro a la puerta de la habitación y en un pequeño rincón de la habitación  a lado de la mesita de noche, donde se encontraba el tomacorriente me dispuse  a introducir la pequeña pinza a ver si podía aferrarme a  un  hilo de electricidad.

Mi madre, desde la ventana  de la habitación vio en su cuarto sus pertenencias desparramadas,  tal como las mencioné antes, esmaltes para uñas, rímel, rubor, brochas de maquillaje,  secadora, espátulas, cepillos de lijar. Y con una ira asesina  e irracional entró habilmente por el vano, zarandeando su chancleta juzgadora y verdugo ejecutor de su propia sentencia.  Ella gritaba como loca, que   no se había partido el culo pariendo para que a los nueve años le saliera un hijo maricon, y que si me volvía a ver a con el maquillaje en la mano, o escarbando en el labial, me iba romper la jeta para que así si me quedara roja.

Con la pinza en la mano, yo recuerdo que le dije  que no pensaba usar labial, ni maquillaje ni nada,  que lo único que iba a hacer era meterle el sacacejas al tomacorriente para agarrar un hilo de electricidad.  Mi mamá, ahora que lo pienso, volvió a tener color en sus mejillas, su respiración me pareció tan aliviada, como si se hubiese inyectado una dosis de morfina  y se relajó.  Me confesó entre risas que se sintió aliviada de pensar que solamente estaba tratando de  jugar con el tomacorriente y me dijo que podía seguir usando el sacacejas.

El lunes siguiente deje de usar la pinza para explorar el tomacorriente después un corrientazo me lleve  en secreto.

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